martes, 2 de febrero de 2010

Con olor a café y olvido

cafe 6 

Se detuvo el tiempo mientras los miraba, mientras me miraba, te miraba y nos miraba. De pronto, me di cuenta de que no podía soportar más esa hipocresía de consentir la lujuria que siembras en mí cada vez que por obra de un accidente mutuamente calculado, confundes mi mente con frases prefabricadas. De pronto miré que todo giraba en torno a ti, que no podía alejar tu esencia de mi mente aunque fuera mi deseo más sincero y solo entonces entendí el cambio irrazonable de las cosas, entendí la muerte de mi razón y padecí el dolor de mi voluntad agonizante.

Cada minuto veo cómo la consumación de aquellas imágenes novelescas en mi mente se convierte en una utopía siempre más indeseable, pero igualmente profunda. Hoy, como la mariposa que cayó entre tus manos, me siento vulnerable, me siento acorralada por mis propios pensamientos, me siento incomprendida, confundida y hasta un poco tonta, porque la inestabilidad que me provoca mirarte y no saber qué piensas u oírte decir cosas que me confunden sin poder extraer la verdad de tus palabras, hacen de cada conversación una verdadera hazaña, una frustración continua que me obliga a ser cada día más lejana, más distante, diferente.

Me gustaría creer que eres para mí esa añorada ilusión perpetua, me gustaría imaginar que no te prestarás para satisfacer caprichos de un mundo que no sea el mío, me gustaría pensarte sin limitaciones, me gustaría creerte, me gustaría sentirme sana queriéndote y me gustaría que sientas lo que siento. Me gustarían tantas cosas y me gustaría que te gustaran pero sé que la realidad es diferente, sé que tu mente no entiende aun lo que sucede y no puedo hacer nada para que la situación cambie.

Ahora que la noche es fría, siento innegable la vulnerabilidad de mi ser, me siento asfixiada de orgullos, exhausta de inconsistencias y harta de mirar cómo gota a gota se derraman mis esperanzas. Ahora, solo quiero gritar y correr para no dejar el resentimiento se apodere del recuerdo, de este recuerdo, de mi último recuerdo sobre ti. Quiero gritar y llorar la tosquedad glaciar de tu alma mientras aguardo a que la eternidad te alcance para que sea ella quien salde cuentas en mi nombre.

Me despido inmortalizando para mi vergüenza que te quiero más de lo que te imaginas y más de lo que hubiera querido quererte, reconociendo que jamás podré resignarme vivir sin haberte entendido y decidiendo que si odiarte u olvidarte será mucho más doloroso que verte morir, la única solución es guardarte dentro de mi razón como lo que eres: un humano más en este mundo de locos que sobreestimando sus capacidades, ansió estúpidamente tentar al lobo en un intento desesperado por someterle y murió fatídicamente en el intento.

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